



En estos días en que un tímido sol de Febrero anuncia la recta final del invierno leonés, frío y áspero a rabiar, soy observador y como tal escudriño y analizo en mi jardín los restos vegetales que quedaron de la floración, la luz y los calores…Los observo y miro con curiosidad y nostalgia a la vez, como el que analiza el pasado y el presente de la vida. Son cadáveres de lo que en su día fueron hermosas rosas o bellas hojas frescas de plantas alegres. Son esqueletos de un pasado efímero lleno de vida y que en estos invernales momentos, solo queda el simbolismo macabro de su existencia.
Decía antes que era como la vida pasada y el presente. Cuerpos arrugados, ojeras, torpezas de movimiento, grasas sobrantes y un sin fin de achaques de la vida misma, son la consecuencia de aquellas pasadas vitalidades donde no te daba pudor mirarte al espejo y tu espíritu y cuerpo rebosaban vitalidad,”comiéndote” todo lo que se te pusiera por delante. Somos esas esqueléticas plantas que ahora observo y ayudado con la cámara fotográfica, las maquillo y hago de su imagen algo, no bello, sino más bien espectacular que al contemplarlo nos haga olvidar lo que en realidad son esos secos restos vegetales...(Sigue en mi Web personal dentro del menú "Mis otras maldades")
En estos momentos es cuando comprendo aún más a Juan Ramón Jiménez con su obra, “Platero y yo”…Sí ahora que mi querido gato Pitín ha pasado a engrosar el paraíso de los felinos, entiendo mucho más el cariño que personas como yo, sentimos hacia los animales y más a quienes nos han acompañado durante toda su vida dándonos todo a cambio de algo que parece bien poco: comida y amor. Da lo mismo que sean perros, gatos, burros, pájaros, caballos, lobos o incluso aparentemente fieros leones; todo animal puede ser de compañía, ahora también mal llamados mascotas.
Han tenido que pasar escasamente veinticuatro horas de su último suspiro para que me siente ante esta mágica máquina de sellar sentimientos y transcriba todo lo que mi nudo de corazón dolido guarda apelmazado con ansia de explotar. No soy un literato y menos un escritor virtuoso, solamente abro mi interior y dejo que las palabras y las frases fluyan libremente, sin orden ni medida, pero eso sí, con mucha sinceridad y sentimiento.
De sobra sabía que estado de salud de mi querido gato era muy delicado desde un tiempo a esta parte. No en vano este pasado octubre del 2010, cumplió la friolera de diecisiete años muy bien llevados y espléndidamente cuidados…No por ello, aunque lo intentaba de asumir, aceptaba de pleno que en cualquier momento nos iba a dejar, no solo por su enfermedad galopante, sino por la excesiva edad para la especie felina; siempre me quedaba la esperanza que en sus numerosos últimos achaques, iba a superarlos siempre y es más, soñaba con que eternamente iba a estar junto a mi ronroneando y agradeciendo mis caricias...
(Puede seguir este escrito entrando en mi página Web en la sección "Documentos)
Estos días navideños, fin de año y demás, nos,- al menos a mi-, invitan a meditar y hacer balance de las experiencias vividas a lo largo de esos 365 días. No en vano nos hacemos propósitos de enmienda en nuestros defectos de carácter y cosas así…Es todo un examen de conciencia que ahonda en nuestras sensibilidades.
Este día de fin de año 2010 no ha podido ser más fatalista al mezclarse esas sensibilidades que algunos gozamos con la desdicha de la naturaleza. Poco imaginaba, (si es que imaginaba), este elegante halcón de las fotos,-quizás peregrino, pues lo desconozco-, que su libre vida acariciadora de nubes, iba a terminar estrellada en los cristales de uno de los ventanales de mi casa…
Estaba sentado yo ante el ordenador escribiendo correoscon unas felicitaciones del año a mis gentes queridas cuando, de pronto, un ensordecedor ruido desviaba mi atención hacia el ventanal. Apresuradamente me levanté y en rápida mirada hacia el jardín, descubrí a una gran y elegante ave en el césped la cual se debatía entre la vida y la muerte con un aleteo dolido…
Bajé lo más rápido que pude y al llegar junto a esta noble ave, poco pude hacer por ella ya que había dejado de moverse y un ojo se había cerrado mientras que el otro me miraba, sin mirar, fijamente con su pupila negra y córnea amarilla…en vano traté de reanimar al animal cual humano se tratase con masajes en el pecho y demás auxilios primarios conocidos; desafortunadamente había muerto.
La tomé en mis manos con su cuerpo aún caliente, cerré su ojo que mirándome sin mirar parecía decirme:”gracias por intentarlo”, y dirigiéndome a un rincón del jardín la posé suavemente en el suelo; ante la majestuosidad inerte que tenía ante la vista le tomé unas fotos, al tiempo que una tímida lágrima recorría mi rostro, e impotente, me dispuse a enterrarla... ¡Dios que mal lo he pasado! Es como si la sombra de la muerte planease sobre el ambiente de este fin de año gris y lluvioso. De este hecho se podría sacar miles de conclusiones y de seguro que un escritor sacaría un gran partido narrativo de ello, pero yo, un pobre hombre que solo puede sentirse feliz de gozar de cierta sensibilidad humana y artística, no puedo más que narrar el suceso y perpetuarlo en este medio que tengo para ello…
De nuevo esta noche las campanadas darán las 12 y la algarabía humana celebraremos que hemos vivido un año más y brindaremos con habitual esperanza por ese futuro incierto que supone el comienzo de algo desconocido…Pero lo que si es cierto es que la naturaleza tendrá un halcón menos desaparecido por ese absurdo progreso humano de inventar unos vidrios de espejo que confunden el instinto y conocimiento del ave cuyo único objetivo es el de surcar los cielos sin más afán que de sobrevivir.
Un fin de año triste y digno de recordar…la diferencia humana de sensibilidades me la ha vuelto a demostrar alguien que intercambié hace unos minutos unas palabras telefónicamente y al contarle el hecho, la primera conclusión con que me respondió fue: “¿Pero se ha roto el cristal?”. Con esto creo que está todo dicho.

Quienes sentimos atracción por lo estéticamente bello, no es de extrañar que nos llamen la atención ciertas imágenes o escenas aparentemente inadvertidas para los demás. Hoy, ojeando el suplemento de mi habitual diario dominical, me llamó la atención la cara de esta fotografía en blanco y negro, que me obligó a efectuar un alto observador en el rápido recorrido inicial de la publicación…
La observé, me recree en su gran carácter impactante y finalmente después de analizar los pros y contras, llegué a la conclusión de que esa cara no existía. No existe porque sencillamente es fruto de miles de manipulaciones actuales de la realidad, como son maquillajes, iluminaciones y el arma actual más eficaz que enmascara todo, el PhotoShop. No por ello dejo de admirar el resultado de esta imagen, para mi altamente seductora, pero es una admiración ficticia y efímera que no lleva a ninguna parte más que a conseguir ocupar una página de estilismo de moda. Con esto me remonto a la cultura griega clásica donde nunca eran representados escultóricamente seres gordos, feos, maltrechos o tullidos; solamente cuerpos perfectos marcados por unos cánones de proporción y estética inmaculada. No poseían los medios actuales de ocultación de realidades, pero ya transmitían la belleza natural por medio de la maestría del escultor que solo esculpía belleza y elegía de cada modelo lo más perfecto, omitiendo compromisos de hacer retratos de los mismos…
Con esto llego a la conclusión tópica y machacona que nada es lo que parece y todo envuelve una falsa realidad. En lo que nos ofrecen, ni el arte es arte, ni la política es política ni la belleza es belleza, ni la ética es ética; todo está disfrazado con un velo que es agradable y verdadero ante nuestra retina y entendimiento. Es una manipulación dirigida que trata de que veamos lo que de verdad desean que asimilemos por mucho que nos resistamos y vayamos de íntegros o de consecuentes por la vida…
Pero pese a todo ello, personalmente sentí una satisfacción anímica momentánea al ver esta imagen, sintiéndome atraído visualmente por ella; es cierto que duró poco, pero lo suficiente como para reiterar en mi interior, que estas pequeñas cosas a veces nos empujan a seguir hacia delante.
Finalmente, para acompañar y ambientar la nochebuena, mientras ceno muy a gusto con mi esposa e incondicionales gatos, pongo música de Villancicos de los más populares y machacones que encuentro huyendo de convencionalismos musicales extranjeros. Como turrón blando, mantecados y polvorones del vallisoletano pueblo de Arrabal de Portillo y para concluir esta especial velada brindo con el amor de mi vida, ella con una copa de cava y yo, (por aquello de las edades del hombre), con una cerveza sin alcohol.
Todo un simbolismo del más rancio sentido tradicional y costumbrista que no deja de continuar teniendo sentido para mi; el sentido de mantener latente unas nostalgias de un pasado efímero lleno de vivencias y recuerdos ya seleccionados en buenos.